Berkshire Hathaway reportó un profit de $45.7 mil millones en el primer trimestre, y los accionistas respondieron comprando peluches de Greg Abel en Omaha. Hay algo profundamente incómodo en esa secuencia.
El doll de Greg Abel — el posible sucesor de Warren Buffett — se vendió como hotcake en la convención anual. Un squishmallow de $35 con la cara del next-generation CEO. El mensaje implícito: la transición ya no es teoría, es merchandise. Se puede sostener en la mano. Se puede poner en un estante. La incertidumbre sucesoria se convirtió en souvenir.
Mientras tanto, el chocolate de See's Candies y los sneakers de Brooks Brothers — también presentes en el shopping day — venden solos. No necesitan explicación. Son parte del ritual. El problema con los rituales es que empiezan a vivir de su propia inercia. El accionista promedio de Berkshire no va a Omaha a hacer preguntas difíciles sobre el futuro post-Buffett. Va por la experiencia. Por el merch. Por la comunión con otros creyentes.
La pregunta que nadie quiere hacer en esa sala: ¿cuánto del valor de Berkshire es Berkshire, y cuánto es el show de Warren? Porque cuando el show se acaba, los dolls de Greg Abel van a seguir en el estante — pero su precio ya no lo defiende nadie.